.1. Nuestro pensamiento racional debería poder ser más rápido. No puede rebasar la velocidad de la palabra. ¿Puede alguien conseguir pensar en conceptos, en impulsos, sin que tenga que “leer” mentalmente? ¿Sobrepasar esa velocidad consiguiendo asimilar lo que piensa, es decir conseguir hacerlo de modo racional, no ser un mero instinto? Al ser imposible, una inteligencia artificial siempre optimizará mejor esa velocidad que un humano.
Y como consecuencia, ¿acaso, piensan más rápido las personas cuya fonética en su lenguaje es de menor extensión?
.2. La desinformación lleva a la superstición, al mito, al paganismo (despojada dicha palabra de su peso religioso). Pero aún más peligroso puede ser la sobreinformación, la saturación que se da en la actualidad. Ella nos llevará a la confusión, la desconfianza y el conformismo de la inmediatez de “conocimiento”. La probable muerte de la curiosidad que mueve el pensamiento.
.3. La desnaturalización del conjunto. Su incomprensión.
Una persona en la actualidad es incapaz de conocer el funcionamiento completo del utensilio que maneja. Por ejemplo, ni usted ni nadie es capaz de aprehender como trabaja el aparato por el que lee este texto que no está en un soporte tangible. La tecnología impide la comprensión del objeto, deja de tener un funcionamiento “físico”.
Como tonto ejemplo, antiguamente un hombre era capaz de hacer por sí mismo un carruaje; ahora mismo una sóla persona es incapaz de hacer un vehículo, un ordenador… partiendo de cero, haciendo las piezas por sí mismos. Históricamente, la desaparición de la artesanía, la cadena de montaje y el triunfo de la tecnología nos han impuesto dicha “deshumanización” del utensilio.
Progresivamente nuestra relación con el mundo se hace cada vez más compleja por lo incomprensible del utensilio que usamos.


Una de las cosas que más me satisfacen, como eremita social, en mis primeras visitas a ciudades es perderme por ellas. Olvidarme de los lugares típicos durante unas horas, dejar de ser un turista más y convertirme en uno de sus ciudadanos aunque sólo sea aparentemente.
O la generación conformista. En la actualidad, las últimas generaciones han tenido que luchar cada vez menos por un entorno de bienestar en el mundo occidental. Estan adormecidas. Por menos de lo que ocurre actualmente, en otras épocas hubiera habido levantamientos, para exigir cambios en una sociedad en la que se machaca a lo que se viene llamando el pequeño burgués; para que no se diera dinero en ayudar a entidades cuyos problemas se basan en la especulación que han ejercido últimamente; para que políticos de nivel ínifimo, que sin remontarnos mucho, en la época de la transición no hubieran servido ni para llevar cafés en el senado; por el empeoramiento de la calidad educativa; por las carencias del servicio judicial, tecnológicamente en la época del commodore…